EL HOMBRE QUE FUE JUEVES (G.K. CHESTERTON)

Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), nació el 29 de mayo de 1874 en Londres (Inglaterra), hijo de Marie-Louise Chesterton y de Edward Chesterton, quien trabajaba en la sala de subastas Kensington.

G. K. se instruyó en dibujo y pintura en la Slade School of Art y en la University College. En el año 1895 abandonó sus estudios para dedicarse al periodismo, una actividad que ya había principado en su adolescencia realizando publicaciones amateur.

En este período de su vida, confuso tanto en su futuro profesional como espiritual, Chesterton comenzó a coquetear con el mundo oculto, realizando habituales sesiones con la ouija.

Colaboró en la parte final del siglo XIX con los editores Redway y T. Fisher Unwin, y publicó sus primeros relatos en diversas revistas, entre ellas la suya, “G. K’s Weekly”.

En el año 1901 contrajo matrimonio con Frances Blogg, con quien alcanzó la estabilidad emocional que necesitaba para normalizar su primer desorden existencial.

En sus comienzos como literato solía escribir poesía, debutando con el volumen de poemas “Greybeards At Play” (1900).  Posteriormente aparecerían fenomenales ensayos críticos sobre diversas figuras literarias británicas, entre ellas las de Thomas Carlyle, William Makepeace Thackeray o Charles Dickens, y su primera novela, “El Napoleón De Notting Hill” (1904), libro de incisiva observación política y crítica social abordada con inteligente sentido del humor.

Después publicó títulos importantes como “El Club De Los Negocios Raros” (1905), el libro de intriga policial y alegoría cristiana “El Hombre Que Fue Jueves” (1908), “Manalive” (1912) o “La Taberna Errante” (1914).

Su trascendencia internacional, al margen de sus excelentes libros de ensayo, se basó en la escritura de novelas y relatos que manifestaban su habilidad en el manejo lingüístico, en el empleo de una comicidad perspicaz, y en la imaginación para la creación de tramas de corte detectivesco, perviviendo en muchas de ellas un carácter crítico y un sentido alegórico.

Sus relatos protagonizados por el Padre Brown le otorgaron fama mundial. Este personaje fue creado en base a su amistad con el padre John O’Connor, al que Chesterton conoció a comienzos del siglo XX.

Los ideales vitales de O’Connor causaron una fuerte impresión en el ánimo intelectual de G. K., quien en 1909 había abandonado el bullicio londinense para residir en un lugar más tranquilo como Beaconsfield.

Chesterton era un lúcido pensador sobre la realidad política y social que le circundaba con defensa de la sencillez de los primigenios valores cristianos, fundando en el año 1911 una publicación con el también escritor británico de origen francés Hilarie Belloc.

Tras la Primera Guerra Mundial se instaló en el distributismo, que demandaba una mejor distribución de la riqueza y la propiedad.

Sus ideas chocaron con otros importantes intelectuales del momento, como H. G. Wells o George Bernard Shaw.

En 1922, el anglicano G. K. Chesterton terminó convirtiéndose al catolicismo, llegando a redactar biografías de San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino.

A lo largo de su vida fue distinguido con el grado de honoris causa por las universidades de Edimburgo, Dublín y Notre Dame, y fue hecho Caballero de la Orden de San Gregorio el Grande.

G. K. Chesterton, uno de los autores más admirados por el escritor argentino Jorge Luis Borges, murió el 14 de junio de 1936 en Beaconsfield. El mismo año de su fallecimiento, acaecido cuanto tenía 62 años, apareció su “Autobiografía” (1936).

EL HOMBRE QUE FUE JUEVES

Una alocada apología del hombre ordinario, sin duda extraordinaria, es su novela más famosa: El hombre que fue Jueves. En ella Gregory Syme, feroz defensor de la cordura y agente de la Scotland Yard ―una especie peculiar de policía: detective-filósofo― se filtra en el Consejo Central de Anarquistas Europeos o, lo que es lo mismo, el terrible Consejo de los Días, que preside el tremendo Domingo. Allí, siete personajes que representan diversas ramas de un complejo escalafón de anarquistas (paradoja muy chestertoniana: el puntilloso orden de la anarquía), conspiran para abolir todas las convenciones y derrocar todos los gobiernos, para destruir hasta la idea misma de convención y gobierno. En esta conspiración, nuestro héroe ocupa la silla del Jueves. Desde dentro del círculo más cerrado de la Anarquía, Syme intenta desarticular una conspiración de pesimismo y filosofía nihilista que, ya por aquel entonces, pretendía destruir a la humanidad.

Conforme avanza la novela los miembros del Consejo (los otros días de la semana) van desenmascarándose y descubriéndose, lo mismo que Syme, policías-filósofos filtrados en el Consejo para escamotear sus planes malsanos ―que consisten, bajo la fachada de una anarquía casi humanitaria, en destruir a la humanidad―. Pues bien: cada miembro del Consejo está escondido detrás de una característica siniestra que, simbólicamente, representaba alguna corriente filosófica destructiva ―por falsa, por mala antropología―, lo que vamos descubriendo capítulo a capítulo. El final, a la vez hermoso y desconcertante, revela lo que el subtítulo sugiere: todo fue una pesadilla. Y sin embargo…

La novela tiene, en efecto, la tesitura de una pesadilla: lo fantástico domina el espíritu del relato que al ser leído nos deja la sensación de que en cada nuevo capítulo se nos da un encoré con variaciones del anterior. Esta novela cósmica está llena de rojos anárquicos y escarlatas ponzoñosos… demasiado para ser verdaderos venenos. Esto es: desenmascarados, los enemigos resultan buenos muchachos, casi siempre ―salvo en el caso de Gregory, el personaje que representa la negatividad pura.

Pero hablemos del Domingo. Sin duda el personaje más interesante y estrafalario de todos es el Presidente del Consejo: el Domingo. Tan enorme que su rostro no se puede abarcar en un sólo golpe de vista es, por alguna extraña razón, ligero, juguetón y pueril… pero grave. No podemos dejar de ver a Chesterton sonriéndose como un niño que hace una travesura al dejarnos un retrato tan obvio de sí mismo. Pero sobre esa referencia meramente anecdótica, el Domingo permanece ambiguo y misterioso y es como un dios: recluta desde el misterio francamente chocante de un cuarto oscuro a los detectives con quienes se encarará a plena luz del día disfrazados de feroces anarquistas e irá probándolos, dándoles cuitas fantásticas y metiéndolos en peligros inexistentes que, no obstante, parecen siniestros.

La moraleja del relato, que es clara, rallaría en la apocatástasis, asunto que a Chesterton preocupaba  no sugerir, de no ser por el contrapunto del auténtico anarquista: Lucien Gregory. Si bien, el poeta anarquista pretende ser una negación absoluta, detrás de él, en realidad, no se ve más que al propio Chesterton sublevándose ante el mal, espetándole al Domingo, cuando se presenta como la paz de Dios, precisamente su imperturbabilidad. Riñe a Dios por la mera existencia del sufrimiento humano, de su absurdo, mientras él permanece impasible. Al final, Lucien Gregory, el anarquista, no se queda tranquilo con la explicación del sentido del sufrimiento. Permanece en la duda y, sobre la duda, la inquietud, la incomodidad, del sutil tiro de tres bandas para convertir el sufrimiento del mundo en una maravilla.

Esta novela que, para sorpresa y regocijo de Chesterton, curó del pesimismo a un montón de pacientes del psicoanálisis, es a la vez un acto de fe en la bondad humana y una catarsis (como afirma el poema introductorio) del propio Chesterton: “a salvo” ya de los escollos del mundo “viejo y acabado”. Le escribe esta historia a un amigo para recordarle los sufrimientos decadentes de su juventud, no por regodearse morbosamente en ellos sino por el gusto de recordar lo que ambos vivieron.

 

 
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LOS NUNCAS DEL MATRIMONIO

Hoy medio mundo, y el otro medio también, se ve enfrascado en una lucha por salvar la economía de una hecatombe de proporciones descomunales. Y junto con este problema gravísimo hay otros muchos que están afectando a una sociedad que, paradójicamente, está dando muestra de decadencia en los valores humanos. Cuando fallan los fundamentos el edificio se cae. Hemos querido construir un estado del bienestar basado en el despilfarro, y ahora nos encontramos cara a cara con la pobreza forzada por los fracasos financieros y la avaricia de no pocos. Es decir, un estado del malestar.

Hay que salvar muchas cosas. Pero hay una que está en  primera fila, y no es otra que la FAMILIA. Es la familia bien estructurada la que está salvando al pueblo de la miseria. Pero para que haya familias sanas debemos salvar el matrimonio. Sin matrimonios bien avenidos no es posible una familia fuerte.  Por eso todo lo que se haga en este sentido para cimentar bien la vida matrimonial es de agradecer.

Traigo aquí unos apuntes muy prácticos sobre pautas a seguir para una vida matrimonial sana. Hay que pensarlo y ponerlo en práctica

Los “nunca” del matrimonio

En la relación matrimonial existen varias situaciones que en lugar de contribuir, lesionan a los cónyuges, dando opción a que se formen pequeñas heridas que en un principio pueden parecer insignificantes, pero con el tiempo, pueden llegar a volverse muy nocivas. Esta es la recopilación de  situaciones que ojalá nunca estén presentes en el matrimonio:

Nunca hables mal del cónyuge con nadie

La ropa sucia se lava en casa, reza un dicho muy sabio. Es mejor que los problemas se hablen y se resuelvan entre los esposos. Involucrar a terceros, puede complicar las cosas, pues aunque la tormenta pase, los miembros de la familia siempre lo recordarán, o peor aún, tomarán partido de forma poco objetiva. La comunicación sincera y oportuna es la mejor solución. Si lo que se busca es un consejo, es mejor buscar a alguien neutro.

Nunca hables ni piensen en singular

El matrimonio también implica compartir los bienes materiales, por lo que se debe pensar siempre en plural al tomar decisiones, principalmente las que implican dinero. De igual forma, el lenguaje debe ser coherente con ese compromiso, es decir, hablar en plural cuando se refieren a proyectos o actividades comunes: “nuestra casa”, “nuestro coche”, “fuimos a pasear”, “decidimos dejarlo para después”, etc.

 Nunca grites

Los gritos son una falta de respeto que deteriora las relaciones, no son propios del lenguaje del amor. Existen otras formas de expresar los desacuerdos y las diferencias. Además no es el ejemplo que queremos dar a nuestros hijos, ¿con qué autoridad les pediremos después que no griten a su hermano, a sus compañeros o a nosotros mismos?

“Cuando discutan, no digan palabras que los distancien, pues llegará el día en que la distancia sea tan larga que no encontrarán más el camino de regreso.” *Autor desconocido.

Nunca te duermas sin terminar una discusión

A veces la indiferencia o el silencio parecen resolver los problemas, pero esto no es cierto. La mejor herramienta es la comunicación oportuna, cuando ambos tengan sus pensamientos claros y fríos. Si bien hay que tomarse un tiempo para meditar antes de hablar, no hay que dejar que la discusión termine hasta el día siguiente, pues empeorará las cosas.

Nunca dejes de retroalimentarte

En algunos casos los grandes conflictos son consecuencia del represamiento de pequeños agravios que se viven en el día a día. Cuando algo de tu pareja no te guste (un gesto, una palabra, un comportamiento…) comunícaselo de inmediato y juntos buscad la salida. Solucionar las cosas a tiempo, impide que se alimenten rencores y se agranden los problemas.

Nunca pongas a tus hijos antes que al cónyuge

Si bien es cierto que los hijos demandan atenciones y cuidados de parte de los padres, hay que tener claro que la prioridad es la pareja. Si los cónyuges están bien, los hijos también lo estarán. La armonía entre los esposos genera un ambiente estable y feliz para los hijos.

Nunca discutas frente a los hijos

Los hijos deben ser un factor de unión en el matrimonio. Una pelea frente a ellos no solo les puede generar inseguridad, sino efectos a largo plazo como agresividad, ansiedad y depresión. Si hay algo que discutir, habrá que guardar las palabras para después, buscar el momento y lugar adecuado.

Nunca pierdas el romanticismo

El romanticismo es uno de los aliados por excelencia que tienes para mantener vivo el amor a través de los años. Es por eso que los cónyuges no deben descuidarse y menos dejar que otros aspectos les roben el espacio mutuo. Se deben dar tiempo para estar solos, sin los hijos. Cada día debe estar lleno de detalles para volver a enamorar a la pareja, resaltando sus virtudes y no sus defectos.

Nunca entres en conflicto con la familia del cónyuge

La relación con la familia política es la piedra en el zapato de muchos matrimonios. Pero aún en los casos donde por diversas razones no es posible una fraternidad con la familia de origen del cónyuge, hay que conservar un mínimo trato de cordialidad y respeto, por el bien de todos.

 

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CASAS EN EL CREPÚSCULO (Edouard Von Keyserling)

En esta novela, cuya primera edición original en alemán data de 1914, el autor refleja la vida de cuatro familias pertenecientes a la alta nobleza germánica del Báltico. Todas ellas poseen grandes fincas agrícolas y dominios forestales y sus mansiones se encuentran próximas entre sí. La obra narra el contraste generacional que se produce entre los padres, dedicados a mantener sus tradiciones aristocráticas, razón principal de su privilegiada condición, frente a los hijos, empeñados en abrirse al mundo exterior, tan diferente al suyo, elitista y crepuscular. En esta pugna, se producen los amores frustrados de una joven baronesa y su preceptor, la muerte del hermano de ésta en duelo, la infidelidad conyugal en la que una recién casada engaña a su marido con un amigo de la infancia de éste, y otras situaciones similares, como fruto del tedio y la falta de horizontes intelectuales y vitales.

E. Von Keyserling (1855-1918) evoca el mundo en que él mismo nació a través de magníficas descripciones de interiores palaciegos y poéticas recreaciones de paisajes, cuya grandeza supera en mucho la pobreza existencial de los personajes. La acción externa es bastante limitada aunque pese a su apariencia plácida y ordenada oculta dramáticas tensiones internas que quienes las sufren apenas manifiestan. Actitud que se debe a un modelo educativo que exige mantener una imperturbable serenidad ante el sufrimiento. El estilo, elegante, flexible y plástico ha sido acertadamente actualizado en esta traducción.

Un clásico admirado por Thomas Mann.

Editorial: ERASMUS EDICIONES

Año de edición: 2011

Materia Novela de Creación

ISBN: 978-84-92806-66-9

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Caballo de batalla (War Horse)

Año de producción: 2011

País: EE.UU.,  Reino Unido

Dirección: Steven Spielberg

Intérpretes: Emily Watson, David Thewlis, Peter Mullan, Niels Arestrup, Tom Hiddleston, Jeremy Irvine, Benedict Cumberbatch, Toby Kebbell

 Argumento: Michael Morpurgo (novela), Nick Stafford (obra de teatro)

 Guión: Richard Curtis, Lee Hall

Música: John Williams

Fotografía: Janusz Kaminski

Distribuye en Cine: Walt Disney

Género: Drama

Sipnosis:

Vísperas de la Primera Guerra Mundial en Inglaterra. El tozudo Ted Narracott se empeña en comprar un caballo pura sangre para las tareas de su granja pagando un elevado precio, por una estúpida rivalidad con el terrateniente que le arrienda sus tierras. Su joven hijo Albert se ocupará de domar a Joey para lograr lo que parece imposible, que sea capaz de arar un campo. Las dificultades económicas obligarán a vender al caballo al ejército, el primer paso de un emocionante periplo para el animal, que se prolonga a lo largo de toda la contienda.

Notable adaptación de la novela de Michael Morpurgo, que estaba narrada con talento desde el punto de vista del caballo del título. Steven Spielberg y sus dos guionistas , Richard Curtis y Lee Hall, han renunciado a intentar trasladar esta óptica a la pantalla, un desafío del que seguramente podían haber salido escaldados, lo que no obsta para que en un buen puñado de escenas Joey sea protagonista principal, y exista una clara fidelidad al original.

El film sigue un enfoque más tradicional, en la línea del Western Winchester 73, en que vemos cómo el caballo pasa por distintas manos que se ocupan de él, la primera de ellas y la más importante la del joven Albert. Ello permite presentar distintos escenarios y personajes donde cambia el tono, pero siempre está presente la humanidad, seres de carne y hueso con ilusiones, y que al tiempo sufren diversas penalidades: los padres sufridores, el oficial de palabra, los adolescentes obligados a alistarse, el cuidador de caballos, el abuelo que se ocupa de su nieta enferma… Hay acierto en un reparto sin grandes estrellas pero sí con grandes actores.

No se hurta el horror de la guerra y el inevitable miedo, pero no hay regodeo en mostrar sus peores efectos, prevaleciendo en cambio el tono épico, la idea del cumplimiento del deber y de la lucha como “brothers in arms”, en el combate todos son hermanos aunque hayan podido tener diferencias. Ayuda mucho a la atmósfera la formidable partitura musical de John Williams. En realidad gran parte del equipo habitual de Spielberg -el director de fotografía Janusz Kaminski, el montador Michael Khan, la productora Kathleen Kennedy…- ayudan a que la ambientación sea perfecta.

Hay mucha cinefilia y maravilloso clasicismo en el film de Spielberg. Enmarcan el film pasajes deudores de John Ford, el desafío en la granja del primer acto, o la escena con el sol poniéndose con que se llega al final. Pero entre medias hay guerra, mucha guerra, la maravillosa carga de la caballería, o las trincheras que nos retrotraen a Stanley Kubrick y sus Senderos de gloria. Hay momentos maravillosos, que sólo el talento de un gran cineasta sería capaz de pasar satisfactoriamente del papel a la pantalla.- antes de que la historia alcance su emotivo clímax, en el corazón de una tierra de nadie. La Primera Guerra Mundial es magistralmente retratada a través de la travesía del animal, una odisea de gozo y penas, de profundo afecto y de gran aventura.

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UN ÁRBOL CRECE EN BROOKLY (Betty Smith)

IDEAS QUE TRASMITE EL LIBRO:

La importancia de leer:

Don Quijote: se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro y claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio.

 Si el deseo de cultivar la inteligencia lleva a descuidar otras obligaciones más importes, habrá que recordar que “el saber hincha, en cambio la caridad edifica”.

    – Los libros tienen una función de ayuda, nos acompañan a lo largo de nuestra vida y son un instrumento necesario en la labor de la propia personalidad, mejora. Los buenos libros actúan solos: el lector entabla un diálogo con su autor, que acaba creando cierta forma de amistad.

    -  La lectura arroja luz sobre la existencia personal y sobre los problemas del mundo: son fuente de sentido.

La literatura es como un espejo que el hombre levanta ante sí y que le ayuda a conocerse. En efecto, las grandes obras de la literatura universal proporcionan un profundo conocimiento del alma humana, necesario para llegar a ser “expertos en humanidad”.

   -  Los libros de literatura son el ropaje, el vehículo de los pensamientos.

En los libros aprendemos a transmitir conocimientos, a expresar sentimientos, a compartir experiencias. En particular, los grandes libros ayudan a comprender con mayor profundidad el alma humana. Los grandes genios del arte literario son aquellos que han acertado a contar el drama que acontece en el corazón del hombre de todos los tiempos: el amor y el dolor, la miseria y la grandeza…  

    - Aprender a leer es aprender a vivir. Necesitamos la curiosidad inicial, que nos empuje a emprender un esfuerzo; pero necesitamos moderar la curiosidad cuando quiere dominar nuestra voluntad. Precisamos una actitud de búsqueda de las respuestas a los grandes interrogantes del hombre y de la sociedad, sin conformarnos con una visión superficial de la vida; pero hemos de mantener a raya la actitud de búsqueda, cuando se transforma en obsesión.

   – Hace falta un espíritu de comprensión, que nos abre a las experiencias de los demás, sin prejuicios que proceden de la ignorancia.

   - La lectura no es sólo un placer para la inteligencia, porque muchas veces comporta fatiga: para aprender a leer hace falta esfuerzo, sin renunciar a metas altas.

   - Un libro no es sólo un producto, y el lector no es sólo un consumidor. Las lecturas condicionan nuestro modo de pensar; y éste determina nuestra forma de vivir. Por eso es fundamental elegir bien. Las decisiones en este campo no son actos indiferentes, porque las consecuencias no lo son. Hemos de ser prudentes al elegir nuestras influencias. Seleccionar lo valioso, lo que merece la pena, lo que es coherente con mis convicciones.

   - Toda selección lleva consigo una elección y una renuncia: es tan importante aquello que elegimos como aquello que excluimos.Este es un campo de madurez humana.

   – La asimilación armónica del conocimiento, por la que el hombre hace suyo lo que recibe y logra una verdadera unidad de la vida intelectual, es lo que caracteriza una cultura profunda. La persona realmente culta ha acrecentado su saber, lo ha hecho amplio y general, pero al mismo tiempo lo ha organizado: no posee una serie de conocimientos fragmentarios y dispersos, sino que les ha dado orden por medio de la reflexión y eso le permite tener una visión clara y serena del mundo y de la condición humana.

   – Actitudes como la pedantería, la simple acumulación memorística de datos o ensoñaciones  novelescas son caricaturas de la cultura verdadera. Adquirirla no es tener un conocimiento superficial de muchas cosas, ni informarse vagamente sobre los asuntos. No se cultiva el espíritu atiborrándose de conocimientos poco asimilados. Es preciso discernir y juzgar reflexivamente, de manera que los nuevos conocimientos se integren de un modo orgánico y fecundo en la inteligencia, y nos ayuden a crecer en sabiduría.

   – La sabiduría humana, es superior a la cultura, y mucho más si ésta última se confunde con un barniz superficial.

 

 ¿Libertad exterior o interior?

 
Un error fundamental relativo a la noción de libertad es considerarla como una realidad exterior dependiente de las circunstancias, y no una realidad ante todo interior.

Con mucha frecuencia tenemos la impresión de que lo que limita nuestra libertad son las circunstancias que nos rodean: las normas impuestas por la sociedad, las obligaciones de todo tipo que los demás hacen recaer sobre nosotros, tal o cual limitación que disminuye nuestras posibilidades físicas, nuestra salud, etc. Por lo tanto, para hallar nuestra libertad sería preciso eliminar todas estas ataduras y obstáculos. Cuando nos sentimos prácticamente «asfixiados» por las circunstancias que nos rodean, nos volvemos en contra de las instituciones o de las personas que son aparentemente su causa. Muchos resentimientos se han alimentado en nuestra vida contra todo lo que no es de nuestro agrado y nos impide ser lo libres que desearíamos.

Este modo de ver las cosas encierra cierta parte de verdad: a veces hay limitaciones que es preciso remediar, barreras que hay que salvar para conquistar la libertad. Pero contiene también buena parte de engaño que deberíamos desenmascarar, so pena de no gustar jamás de la verdadera libertad. Incluso aunque desapareciera de nuestras vidas todo cuanto creemos que se opone a nuestra libertad, no existiría garantía de acabar consiguiendo esa plena libertad a la que aspiramos.  Cuando superamos unos límites, siempre aparecen otros detrás. De ahí el riesgo -en caso de detenerse en la situación descrita- de encontrarse inmerso en un proceso sin fin, en una permanente insatisfacción. Nunca dejaremos de tropezar con obstáculos dolorosos. De algunos de ellos podremos librarnos, pero sólo para toparnos con otros más firmes: las leyes de la física, los límites de la naturaleza humana o los de la vida en sociedad…

Libertad interior: A veces no llegamos a aceptar a los demás porque, en el fondo, no nos aceptamos a nosotros. El que no está en paz consigo mismo, necesariamente estará en guerra con los demás. Mi no-aceptación de mí crea una tensión interior, una insatisfacción y una frustración que con frecuencia volcamos sobre los demás, convertidos así en cabeza de turco de nuestros conflictos interiores. Un pequeño ejemplo: cuando estamos de mal humor contra lo que nos rodea, suele ser porque no nos sentimos contentos con nosotros mismos ¡y se lo hacemos pagar a los demás!

Y a la inversa: el hombre que cierra su corazón a los demás, que no hace ningún esfuerzo por amarlos tal como son, que no sabe reconciliarse con ellos, jamás tendrá la fortuna de vivir esa profunda reconciliación con uno mismo que tanto necesitamos. De hecho, siempre acabamos siendo víctimas de nuestra pobreza de corazón para con el prójimo, de nuestros juicios y de nuestro rigor.

 

 

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UN ÁRBOL CRECE EN BROOKLY (Betty Smith)

Betty Smith, cuyo verdadero nombre era Sophina Elisabeth Wehner, hija de inmigrantes alemanes, nació en Brooklyin, Nueva York, en 1896. Se licenció en Derecho por la Universidad de Michigan y más tarde se trasladó a Carolina del Norte, donde estudió arte dramático. Allí vivió hasta su muerte en 1972.

Se dedicó primero al mundo del teatro, pero el éxito de Un árbol crece en Brooklyn, publicado en 1943, la convirtió en una escritora famosa y la animó a seguir la carrera de novelista con otros tres textos narrativos más: “Tomorrow Will Be Better” (1947), “Maggie-Now” (1958), y “Joy in the Morning” (1963).

Casada dos veces y madre de dos hijas, la autora murió en su casa de Chapel Hill (Carolina del Norte). Cuando los periodistas le preguntaban si “Un árbol crece en Brooklyn” era una novela autobiográfica, siempre tení­a la misma respuesta: la vida de Frances Nolan, heroí­na del libro, no era la suya propia sino la que deberí­a haber tenido.

Un árbol crece en Brooklyn.

Fragmento:

 “-Ya empieza el progreso.- Cogió a la niña y la levantó entre sus brazos-. Esta criatura ha nacido de padres que saben leer y escribir. Para mí eso es maravilloso.

-Madre, soy joven. Tengo dieciocho años, soy fuerte. Voy a trabajar duro. Pero no quiero que esta criatura crezca para ser una simple bestia de carga. ¿Qué debo hacer, madre, qué es lo que debo hacer para construir un futuro mejor para ella? ¿Cómo puedo empezar?

-El secreto está en saber leer y escribir. Tú sabes leer. Todos los días debes leer a tu hija una página de algún libro; todos los días hasta que ella aprenda a leer. Entonces ella deberá leer todos los días. Ése es el secreto.”

Betty Smith hace un brillante retrato de mujeres y familias inmigrantes que buscan su lugar en el nuevo mundo. Ellas, las madres, son las que llevan la monumental carga que supone sacar a la familia a flote y son las que procuran que cada generación sea más sabia que la anterior aun cuando los recursos son escasos.

El libro es un canto a la vida y al amor de los libros. Destacan temas que son de siempre, como las relaciones humanas, la educación de los hijos o la superación de las clases sociales con la educación; caracterizando muy bien a los personajes, sus sentimientos y su personalidad.

El sueño americano

Este libro nos presenta un universo de personajes chocantes, pero que, sin embargo, han dejado huella en toda una generación de estadounidenses. Fue un best-seller nada más ser publicado, se convirtió en musical unos años más tarde y el director Elia Kazan escogió su historia para su ópera prima (en España traducida como Lazos humanos). Y aunque, medio siglo después, son pocos los ecos que quedan de este éxito, escritores como Paul Auster la tienen entre sus volúmenes de cabecera.

Hija de un padre amante de la bebida y una madre que lucha por sacar adelante a su familia con no demasiada fortuna, la protagonista que presenta Smith es una niña un poco atí­pica, sobre todo teniendo en cuenta el ambiente que le rodea. Solitaria, reservada y una lectora contumaz. Pero también una criatura fuerte y decidida como esos árboles a los que hace referencia el tí­tulo del libro, aquellos que crecen en los lugares más inhóspitos y a los que ni los hombres, ni la naturaleza, pueden derribar.

A principios del siglo pasado, la pequeña Francie Nolan lee libros sentada en la escalera de incendios de su edificio en Brooklyn, uno de los barrios más pobres de la ciudad en aquella época. A través de ella conoceremos una sociedad coloreada con decenas de nacionalidades, buscando el sueño americano, que albergan en ellos el dolor, la pobreza y la miseria, pero siempre con la esperanza en el alma. Francie nos introducirá en su casa y su familia y nos enseñará el amor por la lectura, su sacrificio y su humanidad. 

Este libro tiene la pureza y el candor de una primera novela. Narrada con sinceridad y a corazón abierto, donde las ideas fluyen sin impedimentos. 

Introducirse en el mundo de la pequeña Francie es sufrir, llorar… pero también sonreír, vivir sus aventuras y sobrevivir al final a cualquier penuria. La lucha por los sueños y el sacrificio de tener que dejar su pasión, que son los estudios, para trabajar,  es uno de los mensajes; pero  también lo es la visión de una época crucial en la historia de la ciudad de Nueva York.

Fragmento:

“En el patio de la casa de Francie había solamente un árbol. No era un pino, tampoco un abeto. Sus hojas lanceoladas extendíanse sobre varitas verdes que irradiaban del tronco como si fueran sombrillas abiertas. Algunos solían llamarlo el “Árbol del Cielo”, pues donde caía su semilla, allí crecía y luchaba por llegar al cielo. Lo mismo crecía entre cercas que entre escombros; era el único árbol que podía crecer en las grietas del cemento. Se esparcía frondoso, pero únicamente entre las barriadas populares”.

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EL HUMOR NECESARIO

 Texto Sonsoles Gutiérrez. Ilustración Alberto Aragón

(PUBLICADO EN “NUESTRO TIEMPO”. REVISTA CULTURAL Y DE  CUESTIONES DE ACTUALIDAD DE LA UNIVERSIDAD DE NAVARRA. Noviembre- Diciembre 2011)

Hace más fácil la vida, la relaciones con los demás y también, seguramente, la literatura. Hay novelas, ensayos o artículos que inducen la sonrisa, otros, la carcajada y hay algunos que despiertan en el lector una complicidad amable y duradera. Quizá no sea un componente imprescindible de las letras, pero el humor siempre se agradece.

Los griegos y romanos llamaban “humor” a cada uno de los cuatro líquidos que, según sus aproximaciones científicas, regían el cuerpo humano: sangre, flema, bilis y bilis negra. A cada humor le correspondía un elemento del cosmos (aire, agua, fuego y tierra), y su exceso o defecto configuraba tanto la salud como el carácter de las personas. Siglos de ciencia médica han dejado atrás la teoría de los cuatro humores, pero la expresión “buen humor”, referida al equilibrio de los cuatro humores, y por tanto, al bienestar del individuo, ha pervivido como un rasgo positivo de la personalidad. Como una inclinación a la risa, a la despreocupación, a la facilidad para ver el lado divertido de cualquier circunstancia. 

Por todo eso, no extraña que sea una cualidad valorada, y cultivada –con más o menos intención– desde ámbitos muy diferentes. Uno de ellos es, indiscutiblemente, la literatura. Recientemente se han celebrado unas jornadas bajo el título “La risa de Bilbao”, una iniciativa pionera definida como “semana internacional de literatura y arte con humor”. Nunca antes se había reunido a escritores, periodistas y dibujantes para hablar sobre humor… y en Bilbao. De las intervenciones de unos y otros se deduce que el humor es necesario, y a la vez difícil; en ocasiones irreverente e iconoclasta, pero también sujeto a ciertos límites.

En ocasiones esos límites son incluso geográficos. Lo que hace gracia en unos países en otros pasa por chiste malo, o quizá incluso ofensivo, y se acepta que, tópicos aparte, cada sociedad tiene un sentido del humor propio. Cada sociedad se ríe de sus gracias, más o menos compartidas por el resto. El novelista británico David Lodge reconoce que, en el caso de la literatura inglesa, el humor es un ingrediente indispensable, incluso en las historias trágicas, quizá porque, como él explica, “es algo casi cultural, que forma parte del estilo de vida, de la identidad”. Ahí está una larga lista de autores que lo demuestran: Graham Greene, Evelyn Waugh, Roald Dahl… y otros más recientes, como Martin Amis, Ian McEwan o Nick Hornby.

Acerca del humor español, la escritora Elvira Lindo contaba, por ejemplo, que, en contra de lo que se suele pensar, en las relaciones personales, los españoles sí tienen sentido del humor, “quizá no tanto como pensamos”, pero que, “al viajar a otros países, uno se da cuenta de que no somos los reyes del humor”. Quizá se deba a que, como recordaba mencionando a Fernando Fernán Gómez, “el principal defecto de los españoles no es la envidia, sino el desprecio”, y una persona con sentido del humor, que empieza por reírse de sí misma, es blanco fácil del desdén. “Aquí se da más importancia a quienes se dan más importancia, y precisamente, el humor surge de situarse al ras”, explica Lindo. Ella, que debe buena parte de su popularidad a los libros de Manolito Gafotas y su columna en El País, reconoce que en muchas ocasiones ha comprobado que a su trabajo, por tener un marcado carácter humorístico, no se le reconocía el mismo mérito que a los escritos de autores “serios”.

El escritor francés Frederic Beigbeder no duda en culpar de eso a Flaubert, que, según sus palabras, “hizo una especie de catecismo de la novela, según el cual no es compatible dedicarse a la literatura y vivir e implicarse en la época que a uno le ha tocado. Hay que aislarse en una cabaña y dedicarse a la escritura en alma y cuerpo”. 

Esa no ha sido precisamente su apuesta: Beigbeder, que ha trabajado de publicista, presentador de televisión, guionista, dj… y encarna sin complejos el papel de nuevo enfant terrible de las letras francesas, cree que “en Francia no se toma en serio a los escritores que se lo pasan bien, y, sin embargo, es curioso que la novela moderna surgiera con Rabelais y Cervantes, que hicieron novelas cómicas”. Con semejantes valedores, contesta así a los que le califican de “autor payaso”: “Me encanta. Eso quiere decir que he entendido qué es la novela”.

Reír por no llorar. El recurso al humor puede ser una cualidad espontánea, pero también una salida de escape legítima en situaciones difíciles. En una conversación sobre “humor y totalitarismo” que mantuvieron el comediante Albert Boadella y la hispanista rusa Tatiana Pigariova, analizaron de qué manera el humor puede convertirse en una respuesta de defensa interior y supervivencia en un entorno de falta de libertad. 

“Cada dictadura –comentaba Pigariova– elabora su propio lenguaje con una serie de términos, e intenta inculcarlos a la población. Como bien sabemos, del mismo idioma depende mucho la mentalidad y la forma de pensar, así que, al intento de crear ese nuevo lenguaje totalitario, la gente responde con otro lenguaje, con el que se ríe de todo eso. Igual que el arsénico, que en pequeñas dosis no mata, pero envenena, el idioma totalitario que se suministra en pequeñas dosis a la población acaba envenenando a la gente si no encuentra su antídoto, que es el humor”. 

Para ilustrarlo, contó una especie de adagio que se repetía en Rusia y que resumía con cierta ironía la situación del país en la época de los planes estatales: “No hay desempleo, pero nadie trabaja. Nadie trabaja, pero todos cumplen con el plan estatal. Todos cumplen con el plan estatal, pero en las tiendas no hay nada. En las tiendas no hay nada, pero en las casas  hay de todo. En las casas hay de todo, pero todos están descontentos. Todos están descontentos… pero todos votan a favor”. 

Sin duda, la situación de escasez que vivían en aquellos años les privaba de muchas comodidades, pero no de ingenio, como demuestran los chistes de la época. En los años setenta y ochenta, la Unión Soviética estaba en un profundo déficit, que se acusaba especialmente en la escasez de productos de consumo básico. Uno de ellos era el papel higiénico, que apenas se vendía en las tiendas. Estos establecimientos solían recibir la visita de inspectores que simulaban situaciones de compra real para instruir a los dependientes. En una ocasión, uno de estos inspectores entró a una tienda y pidió un bolígrafo. “No tenemos bolígrafos”, contestó la mujer que le atendió. “Esa no es una respuesta adecuada en un comercio soviético” dijo el inspector. “Debe saber que, si ahora mismo no disponen  de bolígrafos, no se puede decir directamente. En un buen comercio soviético, ejemplar para el mundo capitalista, se debe contestar así: “Desgraciadamente, señor, en este momento no tenemos bolígrafos, pero le podemos ofrecer lapiceros o rotuladores”. El inspector se hizo a un lado para comprobar cómo la dependienta ponía en práctica sus indicaciones con un nuevo comprador. “Quiero un rollo de papel higiénico”, pidió el recién llegado. La mujer, con la mejor de sus sonrisas, le contestó: “Desgraciadamente, señor, ahora no tenemos papel higiénico, pero le podemos ofrecer… papel de lija o serpentinas”.

“Creo –resumía Pigariova– que ningún manual teórico ni tratado sobre el totalitarismo podría explicar la realidad mejor que estos chistes, que han quedado como chistes históricos”. Para ella, la realidad totalitaria daba tanta fuerza a la creatividad del pueblo fuera de los marcos del régimen, que a la gente que tenía pocos medios materiales, pocas posibilidades de creación libre, lo que le quedaba era reírse: “La sociedad rusa ha creado en la época totalitaria magnífica literatura, magnífico arte y magnífico teatro, gracias a esta posibilidad de bromear sobre lo que sea”. 

Pero no siempre es posible mantener esa capacidad a flote; cuando la destrucción de una sociedad es tal que las personas pierden la capacidad de reírse y distanciarse de la realidad totalitaria, es el momento de la muerte: “Es lo que creo que ocurre, por ejemplo, en Corea del Norte. Supongo que en Camboya sucedió igual: si la destrucción es tal que ya nadie hace chistes, es la muerte de la sociedad”, aclaraba Pigariova.

Albert Boadella reconocía que la situación política en la que él comenzó su andadura –durante el franquismo– no es comparable a la del totalitarismo soviético, pero sí tenía en común esa necesidad de reacción sarcástica: “El humor tiene que tener un trasfondo. Detesto lo que se llama humor blanco. Entiendo que hay gente que lo hace muy bien, sin ningún compromiso, pero no sé si es porque nací en un totalitarismo, que me acostumbré a que el humor tenga siempre un sentido trasgresor, que lleve detrás algo más que la simple risa, que el simple valor higiénico. Insisto en lo de higiénico, porque si alguien debería subvencionar el mundo del humor no tendría que ser el Ministerio de Cultura sino el de Sanidad”.

Para Boadella, la distancia es el factor determinante para disfrutar de la mirada humorística: “Es uno de los elementos esenciales de la civilización. Yo diría que un pueblo que no está civilizado es un pueblo que no tiene este sentido de la distancia, y se convierte en un colectivo fanático. Quienes practican el humor son auténticos anticuerpos de la sociedad, que intentan poner límites al fanatismo, a cualquier actitud intolerante”. El fundador de Els Joglars sostiene que el ánimo de libertad a través del humor es, además de una excelente manera de vivir la vida, “una forma también de evitar problemas en el estómago y en la digestión”. 

El humor surrealista. En la segunda mitad del siglo XX, mientras algunos países sufrían el totalitarismo, otros se despertaban de la pesadilla de la guerra con la inquietud de quien ya sabe, porque lo ha vivido, lo terrible que puede ser el mundo. En mitad de las turbulencias intelectuales de la época, y como heredero de los movimientos que se apoyaban en el absurdo y el subconsciente, el surrealismo apareció como una respuesta a esas inquietudes. Es quizá una forma intelectualizada del humor, que también tuvo su eco en España en décadas posteriores. 

Fernando Aramburu, escritor que ha cultivado diversos géneros y temas, reconoce haberlo practicado con disfrute durante su juventud, a través fundamentalmente del Grupo CLOC de Arte y Desarte, del que fue iniciador. Sobre esa época de militancia surrealista, desde 1978 hasta 1981, subraya que “el humor era, más que una intención de provocar, una consecuencia. En el año 78 queríamos hacer algo que no fuera un discurso gracioso, sino actos, una especie de sabotaje de la realidad”. Para eso cambiaban libros de unas librerías a otras, o entraban en comercios pidiendo productos de una marca inventada y que, a ser posible, provocara malentendidos. Eso sí, explica que un acto surrealista no es una gamberrada, porque “el gamberro rompe cosas y el surrealista las mejora, mete a la gente, a veces de manera involuntaria en una nueva realidad”.

¿Qué diferencia hay entre una gamberrada y un acto surrealista? Aramburu despeja la posible duda asegurando que, a diferencia del gamberro, que rompe cosas, el surrealista las mejora, y mete a la gente, a veces de manera indeliberada, en una nueva realidad: “La gente contribuía, sin saberlo, a veces de manera muy activa. El humor surrealista es el del adepto, el que lo lleva a cabo”.

Aramburu asegura que era un tipo de humor que buscaba desacralizar, destruir lo burgués, lo establecido… y que hoy sería más difícil de practicar, puesto que considera que “estamos más anclados en la realidad de lo que pensamos”. 

Es además un tipo de humor que no está abierto a todos: “Solo algunos lo disfrutan, los que están en el ajo”, precisa Aramburu. El humor surrealista tuvo su momento, aunque no se puede negar que muchas situaciones de desconcierto cotidiano pueden calificarse de “surrealistas”. El humor genera risa, y el humor surrealista genera risa surrealista, “esa que, cuando te ríes… te miran raro”.

El humor en la prensa. Es difícil que alguien recurra a un periódico para encontrar algo con lo que reírse. Sin embargo, entre las malas noticias, las buenas y las anodinas, queda espacio para el humor. El que abren las columnas de opinión, al menos algunas. 

Elvira Lindo, que ya atesora cierta experiencia lidiando con colectivos variopintos ofendidos por sus columnas, tiene muy claro cuáles son los límites entre el humor y la corrección política: “Cada país ajusta su corrección política a sus problemas, pero sí hay que distinguir entre corrección política y grosería”. Aparte está la susceptibilidad de cada cual. En una ocasión, Lindo caricaturizaba la vida rosa de cuento de hadas que se le supone a una princesa, y sostenía que ella no envidiaba su suerte, por, entre otros motivos, no tener que verse a la llegada de un viaje soportando estoicamente una bienvenida con gaitas y fanfarrias. Varias asociaciones de gaiteros consideraron el escrito como una ofensa y una burla de sus actividades y así se lo hicieron saber a través de sus quejas.

Cuando a otra columnista habitual de la prensa española, Carmen Posadas, le preguntaron cómo hacer opinión con humor, contestó que no creía que hubiera otra forma de opinar: “La opinión es algo solemne, pero el humor busca complicidad. No soy capaz de opinar sin sentido del humor”. Cada columnista usa unos recursos diferentes para lograr esa complicidad. Rosa Belmonte, que escribe sobre televisión, tiene claros los principios en los que basa sus colaboraciones: “Cada vez son más las cosas que uno no debe decir, así que yo parto de la desfachatez y margino las cosas importantes”.

Ninguna de ellas aludió a su condición femenina como rasgo influyente a la hora de analizar la actualidad, pero Elvira Lindo sí cree que el humor es más osado en el caso de las mujeres: “Como en todo, hay una manera de juzgar a las mujeres que tiende a rebajarlas. En la peluquería, un hombre es un dandi, y una mujer, una maruja. Pero no lo digo como una queja… ¡es que pasa así!”, afirmaba divertida.

Manuel Rodríguez Rivero, que publica dos artículos semanales sobre cultura, desvela sin complejos el recurso que emplea cuando tiene que dar alguna colleja en forma de opinión desfavorable: “Si voy a criticar algo, primero digo que soy bobo o neurótico, uso una ironía que no llega al sarcasmo. Me he creado un pequeño personaje que es más cascarrabias que yo”. 

Nuevamente aparece la cuestión de los límites, los que trazan la distancia entre la crítica y el insulto. Rosa Belmonte y Manuel Rodríguez Rivero coinciden en que el insulto deja de ser divertido: “Ahora se vive una humorización de la vida, se ha diluido la conciencia de que hay cosa serias que necesitan distintos tratamientos”, afirma este último. Carmen Posadas lo matizaba añadiendo que “lo que se ha extendido no es el humor, sino el esperpento. Lo que ahora se llama friki antes se llamaba mamarracho, y además ahora se ha exaltado, se les aclama”. Quizá por eso, Rosa Belmonte se reconocía nostálgica de otros humores: “Prefiero los clásicos: Camba, Azcona… ¿dónde están ahora?”.

Lo gracioso y lo desgraciado. Unas veces, se ríe por no llorar, y otras, se ríe después de llorar. No son reacciones opuestas. Elvira Lindo admitía que tanto  hacer reír como llorar tiene sus “truquillos”, “pero hay que tratar de no recurrir a ellos –advertía–. Hacer reír es muy difícil y no depende solo de contar un chiste. A mí me gusta el humor que aparece y desaparece, que te deja pensando. A veces, los personajes cómicos muestran un lado triste, por lo que tienen de desamparados”. Precisamente ese equilibrio entre la risa y las lágrimas es lo que reivindica Beigbeder: “Me gusta que mis libros se vean así: como algo que hace reír, y al rato conmueve. Por eso también me gustan Sagan, Chejov, Turgueniev… Escribir no sirve para nada, pero hace que te diviertas, que te emociones… El humor no es solo algo divertido; me fascina lo que decía Gogol: cualquier cosa divertida, vista de cerca, tiene algo de triste”.

Si hacer reír es difícil, arrancar la sonrisa en mitad de una desgracia parece ya el sumum de la genialidad. “Todo se puede tratar con un humor, hasta lo más terrible –advierte Rodríguez Rivero–. La cuestión es por quién, cuándo, si eres blanco o negro, si eres hombre o mujer, en qué región vives…”. Rosa Belmonte hace especial hincapié en el cuándo: “Alan Alda, en Delitos y faltas, decía que el humor es ‘tragedia más tiempo’. Hay que saber cuándo hacer la gracia de las cosas”. Quizá, el último interés de todas estas consideraciones, es el que finalmente descubría Manuel Rodríguez Rivero: “La gente que sufre y es capaz de hacer humor de eso es verdaderamente admirable. Ahí sí que es bálsamo y redención para los demás”.

 

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