UN ÁRBOL CRECE EN BROOKLY (Betty Smith)

IDEAS QUE TRASMITE EL LIBRO:

La importancia de leer:

Don Quijote: se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro y claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio.

 Si el deseo de cultivar la inteligencia lleva a descuidar otras obligaciones más importes, habrá que recordar que “el saber hincha, en cambio la caridad edifica”.

    – Los libros tienen una función de ayuda, nos acompañan a lo largo de nuestra vida y son un instrumento necesario en la labor de la propia personalidad, mejora. Los buenos libros actúan solos: el lector entabla un diálogo con su autor, que acaba creando cierta forma de amistad.

    -  La lectura arroja luz sobre la existencia personal y sobre los problemas del mundo: son fuente de sentido.

La literatura es como un espejo que el hombre levanta ante sí y que le ayuda a conocerse. En efecto, las grandes obras de la literatura universal proporcionan un profundo conocimiento del alma humana, necesario para llegar a ser “expertos en humanidad”.

   -  Los libros de literatura son el ropaje, el vehículo de los pensamientos.

En los libros aprendemos a transmitir conocimientos, a expresar sentimientos, a compartir experiencias. En particular, los grandes libros ayudan a comprender con mayor profundidad el alma humana. Los grandes genios del arte literario son aquellos que han acertado a contar el drama que acontece en el corazón del hombre de todos los tiempos: el amor y el dolor, la miseria y la grandeza…  

    - Aprender a leer es aprender a vivir. Necesitamos la curiosidad inicial, que nos empuje a emprender un esfuerzo; pero necesitamos moderar la curiosidad cuando quiere dominar nuestra voluntad. Precisamos una actitud de búsqueda de las respuestas a los grandes interrogantes del hombre y de la sociedad, sin conformarnos con una visión superficial de la vida; pero hemos de mantener a raya la actitud de búsqueda, cuando se transforma en obsesión.

   – Hace falta un espíritu de comprensión, que nos abre a las experiencias de los demás, sin prejuicios que proceden de la ignorancia.

   - La lectura no es sólo un placer para la inteligencia, porque muchas veces comporta fatiga: para aprender a leer hace falta esfuerzo, sin renunciar a metas altas.

   - Un libro no es sólo un producto, y el lector no es sólo un consumidor. Las lecturas condicionan nuestro modo de pensar; y éste determina nuestra forma de vivir. Por eso es fundamental elegir bien. Las decisiones en este campo no son actos indiferentes, porque las consecuencias no lo son. Hemos de ser prudentes al elegir nuestras influencias. Seleccionar lo valioso, lo que merece la pena, lo que es coherente con mis convicciones.

   - Toda selección lleva consigo una elección y una renuncia: es tan importante aquello que elegimos como aquello que excluimos.Este es un campo de madurez humana.

   – La asimilación armónica del conocimiento, por la que el hombre hace suyo lo que recibe y logra una verdadera unidad de la vida intelectual, es lo que caracteriza una cultura profunda. La persona realmente culta ha acrecentado su saber, lo ha hecho amplio y general, pero al mismo tiempo lo ha organizado: no posee una serie de conocimientos fragmentarios y dispersos, sino que les ha dado orden por medio de la reflexión y eso le permite tener una visión clara y serena del mundo y de la condición humana.

   – Actitudes como la pedantería, la simple acumulación memorística de datos o ensoñaciones  novelescas son caricaturas de la cultura verdadera. Adquirirla no es tener un conocimiento superficial de muchas cosas, ni informarse vagamente sobre los asuntos. No se cultiva el espíritu atiborrándose de conocimientos poco asimilados. Es preciso discernir y juzgar reflexivamente, de manera que los nuevos conocimientos se integren de un modo orgánico y fecundo en la inteligencia, y nos ayuden a crecer en sabiduría.

   – La sabiduría humana, es superior a la cultura, y mucho más si ésta última se confunde con un barniz superficial.

 

 ¿Libertad exterior o interior?

 
Un error fundamental relativo a la noción de libertad es considerarla como una realidad exterior dependiente de las circunstancias, y no una realidad ante todo interior.

Con mucha frecuencia tenemos la impresión de que lo que limita nuestra libertad son las circunstancias que nos rodean: las normas impuestas por la sociedad, las obligaciones de todo tipo que los demás hacen recaer sobre nosotros, tal o cual limitación que disminuye nuestras posibilidades físicas, nuestra salud, etc. Por lo tanto, para hallar nuestra libertad sería preciso eliminar todas estas ataduras y obstáculos. Cuando nos sentimos prácticamente «asfixiados» por las circunstancias que nos rodean, nos volvemos en contra de las instituciones o de las personas que son aparentemente su causa. Muchos resentimientos se han alimentado en nuestra vida contra todo lo que no es de nuestro agrado y nos impide ser lo libres que desearíamos.

Este modo de ver las cosas encierra cierta parte de verdad: a veces hay limitaciones que es preciso remediar, barreras que hay que salvar para conquistar la libertad. Pero contiene también buena parte de engaño que deberíamos desenmascarar, so pena de no gustar jamás de la verdadera libertad. Incluso aunque desapareciera de nuestras vidas todo cuanto creemos que se opone a nuestra libertad, no existiría garantía de acabar consiguiendo esa plena libertad a la que aspiramos.  Cuando superamos unos límites, siempre aparecen otros detrás. De ahí el riesgo -en caso de detenerse en la situación descrita- de encontrarse inmerso en un proceso sin fin, en una permanente insatisfacción. Nunca dejaremos de tropezar con obstáculos dolorosos. De algunos de ellos podremos librarnos, pero sólo para toparnos con otros más firmes: las leyes de la física, los límites de la naturaleza humana o los de la vida en sociedad…

Libertad interior: A veces no llegamos a aceptar a los demás porque, en el fondo, no nos aceptamos a nosotros. El que no está en paz consigo mismo, necesariamente estará en guerra con los demás. Mi no-aceptación de mí crea una tensión interior, una insatisfacción y una frustración que con frecuencia volcamos sobre los demás, convertidos así en cabeza de turco de nuestros conflictos interiores. Un pequeño ejemplo: cuando estamos de mal humor contra lo que nos rodea, suele ser porque no nos sentimos contentos con nosotros mismos ¡y se lo hacemos pagar a los demás!

Y a la inversa: el hombre que cierra su corazón a los demás, que no hace ningún esfuerzo por amarlos tal como son, que no sabe reconciliarse con ellos, jamás tendrá la fortuna de vivir esa profunda reconciliación con uno mismo que tanto necesitamos. De hecho, siempre acabamos siendo víctimas de nuestra pobreza de corazón para con el prójimo, de nuestros juicios y de nuestro rigor.

 

 

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